miércoles, 13 de enero de 2010

Versos sueltos

Me preguntaste si tardaba mucho en componer las poesías que te escribía. No pude responderte, y pensaste que era para quitarle importancia. No fue así, no supe decirte la verdad a la cara. No hay ninguna original, soy un plagio. Sólo transcribo lo que veo en tu mirada, los gestos de tus manos, el contacto de tu piel y la mía. Sólo escribo al dictado de mi corazón cuando tu boca, dulce recuerdo del sueño, se une lentamente, suavemente, con la mía. 

La poesía la escribes tú. Yo soy, como mucho, tu humilde escribano.

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Esto estaba pendiente de publicarse, y no me pega para esta semana triste y fea, o sí...

lunes, 11 de enero de 2010

Nieve

Nieva. La nieve va cubriendo las miserias de la ciudad, dejando un paisaje virginal, puro y cándido. Debajo, todo queda parado, inmutable, irresoluto. La ciudad queda tapada por esa blancura que recuerda a una falsa sonrisa de la naturaleza, que nos engaña coqueta. Muestra los copos, blancos, blandos, casi acogedores, pero oculta el hielo que empieza a formarse debajo y que no permite mantenerse en pie ni avanzar.

Nos quedamos embobados mirando desde la ventana como se congela todo nuestro mundo, admirándonos de la belleza que adquiere, de su elegancia, de la perfección que se alcanza cuando la espuma caída de las nubes lo va envolviendo. Barremos nuestro mundo debajo de esa alfombra y sonreímos. La realidad desaparece, todo mejora.

Curamos parcialmente la ciudad echando sal en sus heridas. Escuece, pero crea senderos practicables, feos, desagradables, pero la única forma que queda de poder ir a algún sitio. Andar por ellos no es trivial, pero no queda otra. Peor es pararse, quieto, y desaparecer lentamente entre la nieve, que no cesa.

Lleva nevando demasiado tiempo.


viernes, 8 de enero de 2010

Noche de reyes ( y 3 )r

El niño había sido bueno durante todo el año. Un alumno ejemplar, chico de notas altas constantes. Estudioso hasta el exceso, obediente en casa, diligente en el colegio. El hijo que cualquier padre querría tener.

Así que los reyes magos, cuando recibieron su carta, no tuvieron más remedio que atenderla. Era una petición extraña, así que tuvieron que releer la carta varias veces. No había lugar dudas, y no podían culpar a la letra del crío, que se había tomado la molestia de escribirla con un ordenador. No podían equivocarse, pero iban a tener que remover cielo y tierra para conseguir lo que el chaval les había pedido.

Melchor recorrió todas las tiendas de la calle Serrano, pensando que en su exclusividad podría encontrar lo que buscaba. En todas se deshacían en halagos e intentaban venderle artículos de lujo, joyas excelsas, caras exquisiteces. Nada se parecía a lo que buscaba.

Gaspar, se fue a las tiendas humildes, a los bazares chinos que llenaban Madrid, a las jugueterías tradicionales, a las tiendas de segunda mano, a los todo a cien... La gente le miraba sorprendida, pero no era capaz de ayudarle, a pesar de lo que se esforzaban. Alguno cerró su tienda para acompañarle incluso en su periplo. Nada.

Baltasar siempre había sido el más avanzado de los tres, así que se quedó en casa, con el ordenador, recorriendo internet de un extremo al otro. Si algo puede encontrarse, si algo puede comprarse, alguien lo estaría vendiendo ya en internet, desde cualquier esquina del mundo. Varias páginas falsas después y decenas de ventanas de publicidad cerradas, la búsqueda seguía en su sitio inicial.

Con la noche de reyes ya demasiado cerca como para seguir dando palos de ciego, los reyes decidieron que sólo había una forma de saber lo que tenían que poner en la caja. Melchor se fue a hablar con los compañeros de clase del chaval, Gaspar con los niños del vecindario, Baltasar con sus primos.

Cuando el día de reyes el reloj dio las ocho, la hora a la que su madre le había autorizado a despertarse, el niño, ilusionado como pocas veces, corrió hacia el salón. Un grito brotó de su garganta cuando vio el enorme paquete que había llenando la mitad de la estancia. Era más alto que él, y llegaba casi de una pared a la otra. Una cinta caía tentandole a tirar de ella y abrirlo.

Eso hizo, y, mientras las paredes de cartón del paquete se desmoronaban, su verdadero regalo empezó a salir y felicitarle. De uno en uno, una larga fila de compañeros de su clase le abrazaban, bromeaban con él, le proponían juegos, detrás iban algunos de sus vecinos, e incluso dos de sus primos... 

En el suelo, pisoteada por el tumulto, una nota: "Los amigos que querías. Disfrutalos" Firmado M., G. , B. 

Los padres del resto de niños se levantaron preocupados cuando no vieron a sus hijos en casa, pero después, cuando escucharon la historia entera, entendieron que sus hijos habían hecho más de lo que ellos podrían encontrar nunca en un escaparate.

Noches de reyes ( 2 )

Se fue de la cabalgata antes de que acabara. No era sólo que la multitud le agobiara, era que aún tenía compras que hacer. La verdad es que para los empleados será una faena, pero para la gente como él, que los grandes almacenes abrieran hasta media noche era un regalo del cielo.

Atravesó el gentío que colapsaba la calle Alcalá, y logró deslizarse entre el amasijo de brazos y piernas que era toda la puerta del Sol. Entrar en el Corte Inglés fue más difícil, la entrada estaba totalmente bloqueada. Menos mal que sabía donde iba, lo que a ella le gustaba, lo que iba a comprarla. Subió por las escaleras mecánicas hasta la última planta, y fue bajando de una en una, comprando prácticamente un artículo en cada piso, perdiendo demasiado tiempo en cada cola, en cada caja. Cuando volvió a la puerta por la que había entrado, llevaba los brazos llenos de bolsas repletas de regalos para ella, una combinación casi perfecta, una lista pensada y pulida durante semanas. El ir el último día le había obligado a cambiar un libro por otro, pero seguía estando contento con sus compras.

En el metro, rodeado de otros tantos como él, iba feliz. Radiaba esa felicidad del que sabe que ha hecho todo lo posible y se lo van a reconocer. Le faltaba sonreir a todo el que entraba, y desearle feliz navidad.

Abrió el portal con cuidado, casi temeroso de despertar a algún vecino. No quería ser el que despertara a los hijos de los vecinos en su noche más especial. Y si había abierto la puerta de la calle con delicadeza, la de su casa fue casi un trabajo artístico. Estaba convencido de que la alarma no habría sonado de haber estado activada.

En el suelo desnudo del salón dejó sus zapatos y, al lado, la pila de regalos que la había comprado, para que lo viera nada más despertarse. Se fue, de puntillas, a la cama, y se durmió encima de la sábana, para no molestarla.

Al despertar, vio que ella no estaba ya en la cama, y se fue al salón, donde vio todo tal y como lo había dejado la noche anterior: sus zapatos, silenciosos, en un rincón. Los regalos que había comprado el día de antes, amontonados y tristes sobre el frío suelo.

Y entonces, sólo entonces, fue cuando se acordó, como cada mañana, que ella se había ido hacía semanas, que no iba a volver a dormir a su lado, a compartir su desayuno, a desembalar sus regalos.

Los paquetes se quedaron en el mismo sitio durante meses, esperando alguien que quisiera recibirlos. Un día se esfumaron sin previo aviso y nadie se dio cuenta. 

jueves, 7 de enero de 2010

Noche de reyes

La primera Navidad en la que sabía que los Reyes son los padres, en la que sabía que si no tenía lo que quería, sería por culpa de esos dos adultos que otros años habían culpado a esos tipos de los caramelos y los camellos. Había ido mirando en los armarios, en el trastero, en todos los sitios donde podría estar escondido lo que había pedido. Sin éxito, claro.

Así que, se fue a dormir, con esa mezcla de incertidumbre y ansiedad tan propia de la noche de reyes. Con ambos oídos atentos, afilados, pendientes de cualquier ruido. Nada. Sus padres se metieron en la cama, les oyó darse las buenas noches, apagar la luz, dormirse. Nada. Ruidos apagados de la calle, el ascensor, agua corriendo brevemente por una tubería. Ni la más mínima señal de que alguien se levantaba en su casa.

Se despertó horas después. La noche había sido intermitente y demasiado corta, pero ya era aceptable salir de la cama el día de reyes. Se quitó toda la ropa de cama de encima, saltó de la cama, abrió la puerta frenéticamente y corrió por el pasillo hacia el salón, donde se lanzó, sin mirar, hacia sus zapatos.

Se paró en seco. No había regalos en sus zapatos. De hecho, sólo había un zapato. ¿ Qué tipo de broma era ésta el día de reyes ? No tenía ninguna gracia que le hicieran esto. Y menos, cuando los zapatos de sus padres estaban totalmente cubiertos por paquetes de regalos, ¡casi de forma exagerada! Le faltó poco para empezar a romper los regalos de sus padres, pero primero quiso recuperar su zapato. No le gustaba que le tomaran el pelo, así que no iba a dejarles que lo hicieran.

Buscó por todo el salón, mirando debajo de los muebles, cerca de los regalos de sus padres, por los rincones. Ahí no estaba. Repasó su cuarto, aunque estaba seguro de haberlos llevado los dos antes de irse a dormir. En su cuarto no estaba, ni en el baño. Le quedaba por ver la habitación de sus padres, que seguían dormidos ( eso creía él ), o la cocina, las dos puertas que seguían cerradas en su hogar.

No pensaba ir donde sus padres. Ellos le habían gastado la jugarreta, no pensaba darles la satisfacción de aceptarlo. Así que fue a la cocina, con cuidado de no hacer ruido al abrir la puerta. La cerró tras de sí, despacio. Click. Ahora tenía que ver donde podía estar su zapato...

Cuando uno está cegado con una idea, su atención está tan focalizada que hay detalles que suceden alrededor que pasan totalmente desapercibidos. Había ruidos extraños en la cocina, el olor era distinto al habitual, había demasiados indicios de que algo estaba sucediendo en ese cuarto como para no darse cuenta. No se dio cuenta.

Así que empezó a buscar el calzado y, la verdad, es que el zapato casi le encontró a él. Lo vio, medio oculto detrás de la esquina que daba a la terraza, saludandole.  Sonrió de oreja a oreja, no le habían podido engañar mucho rato. Hacia el que se fue, despacio, ( click ), muy despacio. Agarró la parte que tenía visible y, al ir a recuperarlo, notó como éste se resistía a ser recuperado. Tiró con más fuerza, y, mientras veía todo su zapato aparecer detrás del rincón, vio como un cachorro de perro, casi un peluche, estaba mordiendolo fuertemente, casi obligado. Al verlo, soltó el zapato de golpe y oyó a su espalda, "Felices reyes magos, hijo".

Esas fueron las primeras navidades que recuerda que lloró, mientras el perro le lamía las lágrimas y daba vueltas alrededor de él, jugando como un loco.

miércoles, 6 de enero de 2010

Cabalgata de reyes del 2010


A falta de mejores cosas que poner, o sin ganas de escribir, o sin temas que poner, o con temas que no quiero tratar, pues fotos de la cabalgata...







Y que los reyes, o Papá Noel, o quien sea, os haya traido aquello que necesiteis...

sábado, 2 de enero de 2010

El olvido en un rincón del planeta

Hay un pueblo perdido en una llanura de Asia que, nadie entiende como, olvida todo el al acabar el año solar. En un momento concreto, todos los habitantes del pueblo están reunidos en torno a una hoguera, rodeados de sus familiares, de sus vecinos. Un instante después, se encuentran que están delante de un fuego, en un sitio que desconocen, con hombres, mujeres, niños, alrededor que no conocen de nada. Los ataques de pánico no son raros, y tienden a propagarse cuando todo el mundo se da cuenta que nadie entiende lo que sucede. Prohiben acercarse a nadie de fuera, para evitar que se aproveche de la situación.

Desde hace unos años, decidieron que la mejor forma de recuperar el ritmo normal de la vida, era dejando sus memorias por escrito, indicando sus lazos familiares, sus trabajos, cual era la casa que cada uno ocupaba. Tienen que dejar por escrito toda la información que pueden, pero tienen que no dejar demasiado, para evitar que el exceso de datos les sature al empezar el año y se acabe olvidando todo.

Sólo pusieron una regla: no se puede escribir nada negativo sobre otra persona. El olvido automático que sufren es, a la vez, un momento de perdón obligatorio entre todos ellos, un tratado de paz. Desaparecen las peleas, las rencillas personales, los odios. No quedan problemas enquistados entre ellos.

Son un pueblo castigado y bendecido. Jamás podrán avanzar hacia una cultura con unas posibilidades como la nuestra, pero tampoco acabarán con nuestra compleja sociedad, sus tensiones y sus falsedades.

A veces les envidio y quisiera, el uno de enero, poder olvidar todo y empezar de nuevo...