jueves, 3 de septiembre de 2009

agua que se derrumba, iracunda

Solo queda lluvia cayendo en la ventana. Esta medio abierta, se esta empapando la alfombra. La miro desde mi silla, no hago nada. Solo es agua. Si sigue asi, acabara haciendo charco. No creo que le guste al encargado del hotel cuando le cuenten que alguien, intencionadamente, se ha cargado su alfombra. Se enojara, gritara, se crispara. Eso sera mañana. Ahora, todo ese enfado se origina en esas lagrimas que caen del cielo, rebotan en el cristal, se juntan de nuevo en el suelo.

Huele a mojado. A tierra mojada, a ciudad empapada y temerosa. A naturaleza cabreada y poderosa. Huele a gente corriendo buscando protección, a salpicaduras en los cruces, a catarros. Esta noche, habra ropa secandose en muchas casas, y calzados chorreando.

Yo sigo en mi silla, escribiendo. Escribiendo como la lluvia tiene la fuerza que yo no tengo, como llega a todas partes, como nos hace a todos iguales e insignificantes. Yo, lo narro. Una tormenta no puede conmigo, es solo agua. En mayor o menor cantidad, lo peor que haría sería dejarme la ropa pesada, fria, las gafas translucidas, la piel brillante, el pelo aplastado. Y mi alma intacta. Viendo un mundo que huye de sí mismo, pero estoica. Asumiendo que el dolor del cuerpo no es comparable a lo que pueda sentir la mente.

La lluvia parará, se abrirá el cielo, las nubes dejarán paso a una noche donde el cielo brillará en mil sitios. En la ciudad tampoco se distinguirán las estrellas. Volverá la calma, y yo seguiré escribiendo, quieto, en mi silla. Ni la lluvia ni la noche van a moverme. Sólo dejaré de escribir cuando acabe. Ahora mismo.

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En París hace un tiempo de perros, la semana que viene la paso aquí, y esta ha tenido partes infernales. Aunque parece que todo aclara y mejora para el finde... Ya empeorará, siempre me pasa.

Sean felices, allá donde estén, allá donde vayan, allá donde puedan. Sobre tú... Sobre todo, tú...

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