miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cadenas de desaciertos

Una mesa que debería haber estado vacía. No lo estaba. Una foto en un
marco, un correo electrónico impreso en un papel que se notaba
arrugado repetidas veces, un móvil viejo, un suspiro.
Enfrente de la mesa, una silla de madera de un modelo imposible de
encontrar en una tienda. También debería haber estado vacía. Tampoco
lo estaba. Un hombre envuelto en un traje usado, en un humo negro, en
un llanto seco y amargo.
Las lágrimas caían en el cristal que protegía una foto que nunca debió
haber existido, pero que fue sacada. En su momento pareció buena idea.
Realmente nunca lo fue. Hay acciones que devienen en errores con el
tiempo. Hay otras que nacen erróneas y nunca dejan de serlo.
El origen del llanto era un correo que alguien mandó porque no lo
pensó dos veces. No debió ser escrito, no debió ser enviado, no debió
ser leído. Pero fue escrito una vez, corregido decenas, enviado una,
impreso otra, leído miles, llorado continuamente.
Tampoco debió ser escrito el mensaje desde el móvil que se envió entre
suspiros, lágrimas, caladas y tristezas.
Hizo sonar, con un tono agudo y casi hiriente, un móvil a decenas de
kilómetros, que estaba en otra mesa. No había nadie delante cuando
sonó.
Horas después, cuando alguien vio que un mensaje había sido recibido y
comprobó el remitente, lo borró directamente.
Fue lo único que debió hacerse de todo lo que se hizo.
Debió haberse hecho mucho antes.
Un hombre solo siguió solo. Nunca debió dejar de estarlo.

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