sábado, 5 de junio de 2010

desiertos urbanos

Ayer vi una calle derritiéndose bajo el sol del mediodía. El asfalto se convirtió en una densa melaza que se deslizaba calle abajo, como una lenta ola negra impenetrable. Los coches habían perdido ya sus neumáticos, transformados, grado a grado, en pegajosos montones pestilentes.

Los peatones no existían en las aceras. Madrid se había convertido en un pueblo de vampiros, huyendo del sol. Sólo estaba yo en la calle vacía, viendo el horror y los árboles secarse. Viendo como el agua se evaporaba en las fuentes antes siquiera de llegar a manar.

El sudor se convirtió en mi segunda piel, en mi primera máscara. Notaba como mi cuerpo se iba deshidratando, sufriendo, lastimando. Las escasas sombras daban una pequeña tregua a mi organismo, pero solo quedaba refugiarse fuera de la vista del sol.

A Madrid el sol la convirtió en ciudad muerta durante el día. La luna liberó a las turbas, que recuperaron la felicidad de las calles.

Madrid, de nuevo, resucitó por la noche.

No hay comentarios: