viernes, 26 de febrero de 2010

Y más recuerdos...

Le despertaban cada día los pasos del vecino del piso de arriba.
Resonaban en su cabeza minutos después de que éste hubiera salido de
casa. Él seguía, frustrado, debajo de la sábana, sepultado en su
almohada. Si no fueran los zapatos martilleando los que le sacaran de
su sueño, hubiera sido media hora más tarde el despertador. Nunca lo
oía sonar, lo apagaba siempre antes de que empezara. Quizás llevara
roto años.

Se arrastraba fuera de la cama, con cuidado de no despertar a su
mujer, que entraba a trabajar después de él. Tenían horarios
distintos, y cada uno en una punta de la ciudad. Ella se subía en un
autobús durante una hora, mientras que él hacía lo mismo en metro y
tren. Llevaban tiempo pensando en comprarse un coche, pero sus sueldos
no les permitían un coche nuevo, y el último coche usado que tuvieron
fue un conjunto de problemas con ruedas. Con ruedas desgastadas.

La ducha era siempre lo que le hacía recuperar el contacto con la
realidad. El agua caliente tardaba en llegar y, hasta que lo hacía, el
agua gélida iba despertando cada centímetro de su piel, torturándole
desde primera hora de la mañana. Se había acostumbrado a ese enjambre
de abejas cabreadas que le atacaban desde la alcachofa de la ducha,
casi lamentaba a veces que la temperatura volviera a ser agradable. Lo
consideraba un engaño: la vida no es agradable, la ducha no tiene que
serlo.

No desayunaba en casa, esperaba a llegar a la cafetería de al lado del
taller, para compartir el desayuno con el resto de compañeros. Sólo
abría la nevera para beber un trago de agua y quitarse la sequedad de
la garganta.

Salía de casa de noche durante diez meses al año, y la mayoría de
ellos, seguía siendo de noche cuando cambiaba del metro al tren. Había
decidido no competir por el premio de un asiento al subir al tren, así
que rara vez iba sentado. Se limitaba a estar de pie, con la mirada
perdida y la mente desconectada, rebotando de un pensamiento sin
importancia al siguiente. Dejándose llevar por los raíles de la
intrascendencia.

Bajaba del tren a la vez que otra miríada de sombras, que se repartían
por las cafeterías que les esperaban con oscuros cafés recién hechos y
bollería del día anterior, si había suerte. La mayoría de los días, se
hablaba de fútbol. Los restantes, de alguna desgracia. Cuando el frío
golpeaba inclementemente, los cafés se mezclaban con anís. O a veces
el alcohol reposaba al lado de la taza, en su propio vaso.

Él lo odiaba. No solía beber nada que no fuera vino o cerveza, y la
sensación del alcohol en su copa se le hacía ajena. Acababa cayendo en
el ritual, pero más por supervivencia que por placer. Traía demasiados
recuerdos a su cabeza.

Cuando cogía la copa e, instintivamente hacían el amago de brindar, ya
casi sin mirarse y apenas sabiendo con quien compartían mesa esa
mañana, su mente siempre se iba años atrás, a su boda. A ese lujoso y
ostentoso salón que habían pagado a precio de oro, donde había
doscientas personas vestidas con sus mejores galas enviándoles
abrazos, besos, gritándoles que se besaran. Lo poco que había podido
probar de la comida le había parecido maravilloso, casi celestial. Y
el vino parecía una bebida distinta a ese líquido rojo que servían
donde él solía comer. Esa copa de la cafetería le recordaba siempre a
ese momento en que él y su mujer se pusieron en pie, con la copa de
champán, y dieron las gracias a todos sus invitados. La felicidad era
absoluta, parecía infinita, prometedora.

Recuerda la noche de bodas, en un hotel donde el lujo era la norma y
no la excepción. El vuelo al otro lado del mundo. Las playas
cristalinas de una arena que parecían diamantes esparcidos por un dios
generoso.

Recuerda volver y toparse con la realidad. Con su trabajo de nueve a
seis en el taller, de esfuerzo en esfuerzo. Cambiar el agua en los
pies por la grasa en las manos. Los masajes incluidos en el precio del
hotel, por la sensación de agarrotamiento de diversos músculos. La
hamaca y el daiquiri, por la tele y un botellín de cerveza antes de la
cena.

Él tampoco podía quejarse demasiado: su mujer, aparte de trabajar, se
encargaba de los niños. Por suerte, su madre la ayudaba, recogiéndolos
del colegio. Pero ella, después del trabajo, tenía que ir a por ellos,
sacarles de casa de la abuela, llevarles a la suya, y asegurarse que
hacían los deberes y se duchaban mientras ella preparaba la cena.

El fin de semana era el momento de comprar en algún centro comercial
abarrotado de gente como ellos, vagando de tienda en tienda,
comparando precios en busca del ahorro máximo que hiciera más fácil
acabar ese mes y los siguientes.

Él, cada mañana que desayunaba delante de una copa, recordaba todo
eso, recordaba su boda, y se daba cuenta que, siendo pobre, la
felicidad era algo que podía saborearse efímeramente, pero no podía
disfrutarse de continuo. Ni su mujer ni él sabrían lo que era el
descanso, el trabajo bien pagado, una casa grande, no vivir pendiente
de cada euro. Y todo esto antes de que los hijos siquiera fueran
adolescentes y quisieran una paga que les permitiera emborracharse con
los amigos en algún callejón.

En cada copa, veía como los sueños de la boda se quedaban en eso, en
sueños. La realidad era más áspera que el regusto que dejaba el
alcohol en la garganta, abrasandola. Sólo quedaba trabajar, sobrevivir
y seguir echando la quiniela cada semana. Su esperanza eran esas
cruces en esas casillas. Realmente, no esperaba nada.

Llevaba años sin saber lo que era confiar en el futuro. Llevaba años
pensando que el futuro, directamente, no llegaría nunca.

A veces soñaba despierto que la vida valía la pena. Despertaba pronto.
Todo seguía siendo la misma mierda de siempre.

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